14.6.06

De los leves gozos

Tiempo atrás reconocí que me tenía que hacer mirar los miedos. No es que fueran cosa patológica, pero me ahorraría alguna que otra carrera. Escribí de los cotidianos temores que impiden, verbi gratia, regodearse en la micción en públicos excusados. No caí entonces en cuenta en que, de la misma forma que vivimos asediados por las fobias, en derredor nuestro pululan también cientos de filias. Semanas atrás encontré una dilatada retahíla de las causas por las que algunas personas y varias docenas de humanos consiguen encender la libido, propia o ajena. El día que la apetencia supere a la pereza compartiré con ustedes tan interesante descubrimiento, de forma que sepamos de lo que nos habla quien nos mente una partenofilia, la ligerastia, el ondinismo o las cronofilias, que como decía ‘El Guerra’: "Hay gente p’a to’o". Mas todo se andará. que no es momento, coyuntura o sazón para meterse en prolijas zarandajas de índole concupiscente.

Cienes y cienes, qué digo, millares de cienes de pequeños placeres cuasi cotidianos, retoñan timoratos esperando ser descubiertos con el sólo fin de alegrarnos la mañana o, incluso, la semana entera. ¿Qué decir cuando en esa calurosa noche agosteña, medio despierta uno y, dando vuelta a la almohada, encuentra placentera tibieza? Probablemente sólo sea comparable al cálido tacto de las noches invernales en las que uno mismo (o acaso una madre) acordose de colocar el pijama cerca de la calefacción.

¿No es acaso wonderfulérrimo cuando, entre higos y brevas, en ese momento en que nos ataca el orden, encontramos un ajado y vetusto hebdomadario en el que tras ojear y hojear hayamos el recóndito motivo por el que, años ha, decidimos guardarlo? ¿Es eso rejuvenecer?

¿Y ese dulce placer pseudoinfantil consistente en aproximar levemente un terrón al café y ver que poco a poco va perdiendo la blancura, tiñéndose grano a grano? ¿He sido tal vez el único que, apenas estrenada la segunda decena de la vida, se sentía en la gloria cada vez que lograba llegar al semáforo antes que el señor del pantalón marino o la señora de falda florida hicieran lo propio?

A veces llegué a pensar que uno de los precios a pagar para alcanzar la madurez consistía en trocar esos leves placeres casi diarios por orgasmos esporádicos, pero, ¡quía!, hoy mismo he conseguido llegar a la otra acera apenas terminaba de parpadear el señorito luminoso, he estrenado un cuaderno lleno de hojas blancas y lisas, ha sonado mi despertador y aún me quedaba una hora para seguir durmiendo y, por si fuera poco, alguien cuyo criterio aprecio ha alabado mi trabajo sin saber que yo era el autor.
O los placeres subsisten, o aun requiero de muchos años para la maduración. Ni que fuera un buen tinto de crianza.

Nepión

3 comentarios:

Eme Navarro dijo...

Y ese dulce placer pseudoinfantil consistente en aproximar levemente un terrón al café y ver que poco a poco va perdiendo la blancura, tiñéndose grano a grano?

Eso se llama capilarización.

Nepión dijo...

Por supuesto. También la práctica del coito tiene nombre (enecientos aproximadamente) y no por eso deja de dar gustito.

Virginia dijo...

Me has puesto un azucarillo en la boca porque yo me lo como cuando está mojado.

El placer de comerse una bolsa de pipas en un parque hablando con los amigos.

El placer de sentarse en la plaza a leer a la sombra.

El placer de comerse un par de huevos fritos.

En cuanto a las cosas que generan excitación sexual me has dejado intrigadísima con esos palabros que has usado. Los buscaré.